martes, 23 de junio de 2009

No vuelva pronto*

Para la familia Wilson y todos mis hermanos cesepistas.


Dia 1.
No recuerdo cómo llegué aquí.
Desperté luego de un sosegado y profundo sueño, del cuál sólo conservo algunas imágenes vagas e inconexas, un terrible dolor de cabeza a la izquierda y una pila de cocos y esa sensación de quien estuvo en un lugar en el que fue completamente feliz, a la derecha.

-No debí tratar de volver a ese lugar – me sorprendo a mí mismo diciendo.

10:49 a.m. Casi las once de la mañana cuando el sol, su primo el calor mientamadres ése y la sed que me cargo, hicieron que me levantara a trompicones y sin meditarlo me echara a recorrer éste sitio en busca de un poco de agua que no sea de coco.
Di la vuelta por todo el lugar sólo para venir a convencerme de que me encuentro en un lugar desierto. Quizás sea el instinto de supervivencia que le dicen o mi inveterada estupidez la que me jura no estar solo. Y aunque no me encontré con ningún rastro de calor humano por aquí, casi puedo asegurar haber escuchado algunas voces y sentido cierta presencia en derredor mío. Tal vez sea como en la literatura barata y del lado poniente se encuentre una tribu infesta de come-gente que al no hablar castellano, pocas probabilidades tendría de convencerlos a favor mío. Así que entre que son peras o manzanas, mejor decido no explorar aquella zona lúgubre y húmeda de donde provienen dichas voces; pues nunca creí en fantasmas y sin embargo, nunca estuve más cerca de sentirme rodeado por ellos.
¿De qué platica uno con un fantasma cuando se coincide en una isla desierta?
No sabría si preguntarle por su familia o hacer una anotación respecto a lo mal que anda el Fluminense.
Creo que no debí probar esa chingada agüita de mar.

4:25 p.m. Corrí con algo de suerte y me hice de algunas bayas y frutas. Para mi fortuna, el cerdo salvaje con cara de copiloto de aerolínea comercial dormía como un tronco y pude robárselas sin mayor esfuerzo. Tienen un sabor un tanto rancio y como a guardado; como la fast food, a la que uno le pega la primera mordida y no es sino hasta la tercera o cuarta que el gusto a cartón desaparece y eso empieza finalmente a saber a comida.

6:02 p.m. Me quedé dormido y desperté con más calor. Soñé.
Soñé con un barco enorme, de esos cargueros que pueden llevar una ballena y ni cosquillas. Soñé que llegaba a sacarme de este infierno.
No sé por qué insisto en pensarme y sentirme en el infierno. No es tanto que esté en uno, los reconozco fácilmente; sino que la soledad no deja demasiado margen de maniobra y uno va sintiéndose cada vez más miserable. Y pese a eso, no puedo dejar de sentir que estoy acompañado.
A fin de cuentas, un fantasma podrá ser todo lo ensimismado y existencial que se desee pero seguirá siendo compañía. He conocido mujeres más espectrales que el mismo Gasparín y mucho menos amistosas, además.

10:31 p.m. No queda mucho qué decir. Estoy atrapado y no puedo evitar hacerla a la melancolía. Lloré en silencio, como temeroso de que alguien me escuchara, hasta quedarme dormido abrazado a mis pertenencias. Será una isla desierta y todo lo que tú quieras pero yo ya aprendí a no descuidarme ni diez segundos.

Día 2.
Me desperté sobresaltado pues me pareció escuchar un ruido en la playa. No supe distinguir si era un barco o una avioneta que pasaba cerca de la costa. Así que como pude y tropezándome con mi propia desesperación, llegué corriendo hasta allá; pero nada. Ni una estela o una lucecita. Ninguna barcaza ni ninguna avioneta de porquería. Ni siquiera una puta lata de sardinas que me permita salir de aquí.
No puedo evitar pensar qué pasaría si muriera en este lugar.
¿Escribiría un epitafio al estilo de Keats?
¿Aquí yace un hombre que escribió su nombre en el agua porque nunca pudo conseguir una pinche botella…? ¿Qué clase de palabras finales son esas?
Pero tampoco le doy demasiada cuerda a la idea de morir solo y con un bronceado que, con certeza, me envidiarían en el barrio.
–Ya vendrán –sigo diciendo.
–Que se jodan Keats y Shelley y Byron y todas las putas urnas parlanchinas.
Yo jamás pedí llegar a Ítaca.

3:31 p.m. Salí por cuadragésima tercera vez a recorrer el lugar sólo para darme cuenta que cada vez me parece más pequeño. Apenas unas millas para allá y menos que eso hacia el otro lado y uno vuelve a verse el culo a sí mismo. Es el colmo, perderse en algún paraíso subtropical y que éste sea más pequeño que nuestras propias certezas. Siempre que pasa algo parecido me da por… ¿Qué verga estoy diciendo? ¿Realmente pasa esto alguna vez?
Nunca supe de ningún conocido, ya sabes, el amigo del primo de la ex del vecino que recién se mudó a la ciudad luego de sobrevivir tres meses en la isla Chirinkotan a base de algas y gaviotas.
Sólo me faltaría llamarme Tom Hanks…

–Sólo mirate y di si no…

¿Quién dijo eso? Lo que me faltaba, ya empecé a enloquecer.

7:24 p.m. Decidí adentrarme en esa parte donde antes escuché las voces.
Caminé por horas con esa sensación en el estómago de quien cruzó la puerta que decía: “Sólo personal autorizado”.
La vegetación es basta y se escuchan infinidad de ruidos, como de exóticas especies. Y si ellos sobreviven, yo también puedo.
El instinto me haló la manga, jurándome encontrar algo de agua; así que seguí caminando durante largo rato. Por momentos me parecía estar cerca de un oasis. Casi podía escuchar el enojo de una made camello ante la negativa de su criaturita por caminar erguido o el rugido majestuoso de una cascada en donde podría saciar esta maldita sed y detenerme luego unos instantes a observar mi reflejo cansado. Quizá escupirle un rato, maldecir el recuerdo de aquella mujer que nunca pudo enterarse de cuánto la quise o del patrón culero que me corrió sin pagarme un centavo de lo acordado. Otra vez las ganas de matar…
¿Por qué nunca nos avisan de todo el tiempo libre del que se dispondrá para mal pensar cuando caemos en una isla desierta?

9:16 p.m. Caí rendido junto a unos inhiestos arbustos y dejé que la noche abusara de mí. Soñé que seguía caminando y me encontraba con un grupo de turistas japoneses que estaban siendo estafados por un grupo de diabólicas niñas exploradoras y sus igualmente diabólicas galletas.
Me desperté cuando escuché el ruido de lo que parecía un Boeing 747 pero la sed no me deja casi moverme. Además, la espalda ahora me pesa y cruje como si trajera cargando 50 kilos. Igual que la vez en que me ofrecí a llevar unas cosas para la hermana de la amiga de una conocida; y la amiga se apareció con una maleta que pesaba el triple de mi equipaje completo. Y lo peor: todo era ropa. Yo había tirado o regalado la mitad de la ropa que llevé para ese viaje y ahora llevaba 35 kilos en ropa de mujer. Sin duda, un banquete para cualquier fetichista, pero no para un viajero.


Esta pobre isla no guarda ya secreto alguno para mí. Casi podría dibujarla de memoria: esta piedra va aquí y estas palmeras por acá… Lo que diera por encontrarme con una adormidera o con algo de cáñamo. En cambio hay cierta especie extraña de trepadora que sube por unas rocas y llega hasta un peñasco y que casi parece un ascensor tropical. La idea de una isla de dos pisos me provoca escalofríos.

–Eso es lo que tú crees…

Qué carajo, la misma voz de hace días.

–Querrás decir la misma voz de ayer, animal.

Esta vez mi incipiente locura y yo estamos seguros de haber escuchado a alguien. Yo afirmaba que la voz provenía de aquellas piedras que forman una pequeña cueva y ella que era por allá; y por allá fuimos.
Es extraño porque ahora las voces no suenan dentro de mi cabeza sino que se escucha un eco lejano, como el que se escucha en las salas de espera y en las iglesias que fueron olvidadas por Dios.
Después de media hora de caminata, al fin empieza a escucharse con claridad la voz de alguien que canta. O al menos lo intenta, pues se escucha como si trataran de abrir una lata con los dientes mientras se sumerge en el agua o como si un coco flotara desnudo en un lago, tarareando partes mal pronunciadas de Nabucco.
Y yo que había jurado no picarle las costillas a mi demencia en ciernes. Empiezo a creer que no estamos solos en este lugar.

– Estarás de moda…

– ¿Quién anda ahí?

Estoy dispuesto a todo, cojo una piedra y me dirijo a los arbustos de donde escuché venir la voz.
Al principio me acerqué receloso, él no había notado mi presencia y yo no estaba seguro si un coco cantor sería la mejor compañía; pero rápidamente deseché mis reservas pues este tipo parece buena gente y por la manera en que empuña el estropajo, se nota que es muy cómico. Además, vaya falta que me hace el contacto humano.
Corrí como loco hasta el agua cuando recordé la sed que traía y entonces él me abordó:

–Y…¿Quién sos vos? ¿Y quién te creíste para venir a interrumpir mi ducha matutina?
–Le pido disculpas, pero es que llevo varias semanas en este lugar y apenas si he bebido agua. De hecho, es un poco raro tener que hablar con un coco mientras bebo…
–Y bue… si no querés, dale, salí de aquí y dejame duchar en paz.
–No quise ofenderlo, es sólo que es la primera vez que conozco a un coco que…con un amor propio tan desarrollado, digamos.
–¡Y claro! La gente se cree que por ser un coco, uno debe andar por la vida cayendo de las palmeras y qué sé yo.
–¿Y usted qué hace aquí?
–¿Qué te parece que hago, animal? Me estoy bañando y ahora, si no te importa, voy a salir y quiero que te des la vuelta. Mi cáscara está por allá…
–Claro, no hay problema.

Le estoy dando la espalda a un coco mientras se viste. Ya es oficial: me volví loco.

–¿Y cómo se llama?
–Vos podés decirme Wilson.
–Reoriginal ¿no? Y eres de…
–Nací en Leipzig pero muy chico fui a dar a Montevideo.
–El barrio más alejado de Buenos Aires ¿no?
–La puta que te parió, naufraguito de mi…
–Sereno moreno, sólo quería romper el hielo.
–Y lo que terminará roto son tus dientes si seguís con eso.

Parece un buen tipo este Wilson, algo dado de sí pero podría afirmar, sin conocerlo, que detrás de ese duro caparazón se esconde una persona sensible y hasta tierna.
Durante días platicamos de muchos temas, es un tipo instruido, sin duda; de no ser por lo arrogante y presuntuoso, podríamos ser buenos amigos. A ratos se asemeja a esos escritores que saturan sus textos de citas literarias para aparentar lo listos que son. Que si Kafka esto, que Cortázar lo otro... Que si París no era una fiesta... No vale la pena ni comentar al respecto.
Con el correr de los días, mi compañero se ha ido abriendo conmigo, casi hemos llegado a crear un lazo afectivo y una confidencia que envidiaría cualquier adolescente.
Una tarde, Wilson me contó –sin que se lo pidiera– la historia de su vida.
¿Ya había comentado de mis sospechas de haber perdido la razón?
Lo digo no porque me resulte cómodo y casi familiar platicar con un coco, sino más bien, porque el hijo de la chingada consiguió hacerme llorar con todo lo que me contó. Y es que tiene un talento para evocar paraísos que ya no están, que te cagas.
Mira que de padres inmigrantes, mira que su hermano, después de una farra que comenzara en Berlín, terminó en el puerto de Veracruz mendigando los días hasta que encontró su suerte en una paletería de esas que están a la vuelta del malecón; una frente a la otra y siempre que uno pasa, se deja escuchar el “güero güero güera güera lleve sus paletas pa’ la calorrrrrrrrrrrrrrrrrr”. Cada uno derrochando más decibeles que el de en frente.
Mira que su hermana acabó de ingrediente principal en las horchatas de Don Ciro. Yo ya no quise preguntar a qué horchatas se refería.
Mira que él tuvo que terminar asumiendo el papel de ovejita negra, volverse una piedra de parque, de las que hablaba Dylan Thomas…rodar…

–Es Bob Dylan, pendejo…Vos no podrías reconocer a un ícono de la música ni porque te lo mostraran desnudo.
–Debo admitir que no entiendo de qué me hablas.
–No me sorprende. Te aseguro que ni sabés hablar inglés.

Y luego su madre, aquella anciana de estirpe que cuando los nazis, tuvo que venderse al Reich. Pero parece que de ella no quiere ni acordarse.
Me contó todo hasta donde las lágrimas se lo permitieron, después se durmió con la paz de aquél niño que lloró las ocho horas del camino de vuelta a casa porque quería quedarse más tiempo en casa de sus primos.
Yo cerré la mirada y la nocturnidad lo abarcó todo.

Día 3.
Hoy volví a descubrir a Wilson sollozando en silencio. Quise acercarme a él pero no quiso contarme nada. Creo que él tampoco recuerda cómo terminó aquí y aunque aparenta mantenerse ecuánime, me da la impresión de que tampoco sabe cuánto tiempo ha estado en este lugar.
Hay días en que Wilson está pensativo y callado en extremo. No me dirige tres palabras en todo el día y a la noche le da por caminar por toda la costa, cantando una antigua cancioncita en alemán que habla de volver a casa y no sé qué más.
Creo que mi compañía no le viene tan bien como cualquiera supondría. Nada nuevo.
Wilson es un poco tímido, o al menos me lo parece y hasta ahora mi maldita intuición nunca me ha fallado. Una vez sí me falló y terminé muerto.
Habla muy poco y cuando lo hace, tiene una manera muy particular de sonrojarse que me causa gracia. A veces incluso, cuando se anima a contar algo, he notado que vuelve la vista como queriendo encontrar autorización en la mirada de alguien más. Un gesto que he podido descubrir en todos los descendientes de inmigrantes. Sin embargo, a veces también se advierte una lumbre que le brinca de los ojos cuando habla de mujeres o del Cuarteto Helicóptero de Stockhausen.
Una tarde, mientras mirábamos el ocaso en silencio, Wilson me confió su idea de armar un avión. No pude parar de reír hasta entrada la noche.

– ¿Un avión, Wilson? ¿No quisiste decir un bote?
–Podría ser también, pero la mar me marea y además tardaría lo mismo en construir cualquiera de los dos.
– ¿Vas a ayudarme?
–No creo, eso de la aeronáutica no es lo mío.

Casi le cuento de la vez en que…

Durante un largo rato, que a mí me parecieron días pero Wilson afirma que no pasó la media hora, mi amigo estuvo en silencio rayando cortezas de árboles, haciendo anotaciones, chupándose el pulgar y revisando la dirección del viento, hablando como si se dirigiese a una sala de juntas con cuarenta ejecutivos y ensimismándose como dicen que hacía Edgar Varèse cuando estaba a punto de empezar a componer.
Luego de eso, lo vi entregarse con una pasión religiosa a la consecución de su proyecto. Esos días fueron como si él no estuviera ahí.


Wilson por fin terminó de construir la aeronave. Debo admitir que me sorprendió la habilidad con que lo hizo y aunque no estaba seguro si el tren de aterrizaje podría ser seguro, pues una hilera de cocos amarrados con bejucos, no es el ideal que yo tengo para uno, en general la nave luce confiable y resistente. Lo difícil fue no tanto subir la nave hasta lo alto del cerro que encontramos al otro lado de la isla, como ponerme a rezar para no terminar embarrado en la playa…Desde los diez años que no rezaba. La última vez fue cuando le pedí a la Rosita que fuera mi novia aquella tarde gris de septiembre y la Rosita me dijo que no y yo, llorando hincado a un lado de la cama le pedí a Dios que la matara a la Rosita. Y a la mañana siguiente llegué al colegio confiado de que mis plegarias habrían encontrado respuesta divina y nada, ahí estaba la Rosita tan campante y tan linda como cada jornada. Ese día sospeché que Dios y la Rosita tenían algún parentesco. Como fuera, nunca volví a hablar con ninguno de los dos.
Trece años después la volví a encontrar a la Rosita en Profética, aquella biblioteca fresísima que me vio comer, dormir, amar y reducir el grueso de su bibliografía. Parecía tan triste y tan fuera de sitio, como seguramente me veo yo estando aquí. Entonces entendí lo afortunado que fui de no haberme quedado cerca de ella.
Más por nervios que por falta de fe en el invento de mi amigo, empecé a hacer comentarios sarcásticos sobre lo frágil que me parecía y lo poco que conseguiríamos con ella.
Wilson se limitó a aventarme una piedra que por milímetros no acertó en mi cabeza.

–Una hermana…–le dije.

Jamás entenderé cómo un coco de ascendencia alemana y crianza uruguaya pudo entender con tanta destreza el albur mexicano.
La segunda piedra, justo después de mi intento de broma, me cogió desprevenido y…







Una azafata con cara de zorra me dijo que en diez minutos estaríamos arribando a la Ciudad de México. Por un momento creí que se trataba de una broma, casi pensé que Wilson se había maquillado y conseguido un atuendo sexy y quería joderme la vida.

–Me lleva la chingada –pensé– el avión no despegó.

Jamás quise preguntar sobre cómo terminé en un vuelo de Aeroméxico, sentado hasta el fondo, rodeado de azafatas. No parecen demasiado amables cuando hablan entre ellas, por cierto. Y mucho menos qué ocurrió con mi redondo amigo.
La vergüenza nunca me permitió contar la historia a mis nietos.
Con el tiempo entendí que uno nunca debería tratar de volver al sitio en el que alguna vez fue feliz.
Esa noche, estando en casa, cobijado por el tibio cuerpo de mi esposa y con un gato entre las piernas, soñé que volaba junto a Wilson en un aeroplano de manufactura alemana y cuando volteaba la vista, me encontraba con un letrero gigante que rezaba:

"Obrigado pela sua visita.
Se você foi feliz, não volte pronto"




Aeropuerto de Guarulhos.
São Paulo, Brasil.
21, 22 y 23 de junio del 2006.
*Relato finalista del IV Concurso de relatos cortos de viaje moleskin.es.

domingo, 8 de marzo de 2009

La mar y otros milagros

Me educaron, me acunaron, me parieron
me cuidaron, me exigieron, me pegaron
fui violado, cobijado y reprendido
regalaron las palabras, las joyitas, las miradas
me robaron los diplomas, enseñaron
Se rieron en mi cara, me inventaron, fui salvado
dejaron que me fuera, regresaron, me mataron
calentaron, me pegaron, lo pidieron
me enseñaron a querer, a desquerer, a ser paciente
me mintieron, me cobraron, me pagaron
se incendiaron conmigo en un cuarto piso,
rodamos por el piso, el pasto, la alfombra y la arena
padecieron hambre y frío y nunca se aburrieron
me obligaron a abrazar a sus mascotas
fui engañado, perdonado y revendido
me cantaron, les canté, pasé vergüenzas
me regalaron alas, ojos, hojas blancas
llenaron libretas, horas, ataúdes
dijeron sí, después, estás idiota
me amaron, lo fingieron, lo intentaron
me montaron teatros, altares y jardines
quise huir, volver , parar el tiempo
fui perfecto, hijoeputa, manejable
se escondieron, me negaron, suplicaron
tararearon, se mojaron, se opusieron
dieron nada, me aburrieron, fui usado
me creyeron, abusaron, dieron todo
velaron la fiebre, el sueño, cocinaron
se enterraron en la arena junto a mí, saltaron
me colgaron apodos, milagritos y otras vainas
fui confesionario y farmacéutico de madrugada
me frustraron los intentos, la aeronáutica, los sueños
me encontraron, me perdieron, di la espalda
me besaron, me olvidaron, no entendieron
mentí al oído, supliqué, me amenazaron
fueron todo o nada fueron
se dejaron beber, fotografiar, hacer canción
llevé esperanza, serenata, fantasía
volví el estomago, la vista, de vuelta al barrio
se dejaron manosear en público, me abofetearon
temí, lloré, dudé y lo di todo
me enseñaron anatomía y misoginia avanzadas
me protegen, me provocan tanta envidia
me conmueven, las adoro, las celebro
les debo todo y nada les debo
la mar siente cosquillas en el vientre
será una alerta de peces o la envidia de la luna
cerré despacio al salir y me fui cantando.

domingo, 1 de febrero de 2009

Hobbes

De su padre todos hicimos suposiciones que nunca resolvieron nada.
Su madre fue sobre todo una aventurera y una perdida. Pero todos guardamos su memoria como la cariñosa, abnegada y reivindicada madre de cuatro que alcanzó su suerte en la acera justo frente a su casa. De todos sus hermanos, él fue el primero en dejar el nido.
Podría decirse que desde el vientre, ya estaba no sólo predispuesto sino además, acostumbrado a la vida licenciosa y que por la sangre le corría, ya desde entonces el gusto por lo disoluto y altas cantidades de THC.
Su madre vivió entre yunkies que pintaban en las paredes sus mejores viajes y compartían las sustancias y las horas en un bacanal psicoactivo y a veces artístico, que funcionaba a tiempo completo y con más de 400 watts de potencia. Desde el vientre se acostumbró a excesivos niveles de decibeles y es por eso que puede pasar una locomotora zumbándole en el lomo y él, se acomoda un poco y se duerme de nuevo.
Fue justamente con algo de LSD encima, cuando yo hablé con su madre aun encinta y prometí hacerme cargo de él cuando ella ya no estuviera. La Maju me lo agradeció y recuerdo que en ese momento, de toda ella emanaba una tranquilidad que acariciaba.
Siempre ha sido un tipo despierto (cuando está despierto) y amistoso. Yo sigo creyendo que al final esa será su perdición.
Suele ser accesible y confía fácilmente en cualquiera (como hacen los perros). Suele darse a conocer fácilmente pues posee la cualidad de la empatizar con quien se cruza y luciendo en terminos generales, un buen tipo, es común que alguno voltee la mirada cuando va pasando.
Siempre me fascinó la condición felina. Con todos sus resquemores y con ese fatalismo que la acompaña.
La historia de mi vida, ha sido la historia compartida al lado de estos seres. Cada uno, es un tango que cantar.
Decidí bautizarlo como Hobbes por la historieta de Bill Watterson, que hiciera mis delicias en la infancia. Y por la memoria de otro compañero que desapareció sin dejar huella.
No sólo me fascina por ser atípico a todas luces. Pues además de su gusto franco por el agua y su adversión hacia la leche, suele llevarse más, con seres de otras especies que con los de la propia.
Me fascina sobre todo por ser tan él mismo.
Es un cazador avezado, suele hacerse de presas con la que se entretiene hasta la muerte para dejarlas abandonadas por ahí. No sólo no es alguien que se encargué de mantener lejos a los ratones. Más bien, suele llevarlos él mismo a casa para su entretenimiento. Y abandonarlos una vez no dan señales de vida. Le gusta perseguir perros y seguir a los que conoce por la calle, como hacen ellos.
Todos tenemos un némesis y el de él, sabe muy bien hacer su trabajo. Él dice estar seguro que en un sueño se le aparecerá la respuesta de cómo hacer para partirle su madre.
De la Maju heredó el gusto por la vida disoluta y por las siestas prolongadas.
Sólo Dios y el Diablo saben lo que hace cuando sale por las noches.
Es muy probable que no llegue a viejo.
Hoy cumple un año de existencia y yo lo celebro.


jueves, 15 de enero de 2009

San Cristóbal de Las Casas: Santo y seña

Un blues en tono menor le hace el amor a la noche. Hace frío.
-This machine kills fascists? Eso ya lo había visto antes.
-No me digas.
-El pobre muchacho terminó en un hospital psiquiátr…
-Te pedí que no me dijeras.
-¿Eso es tuyo?
-Si.
-Me recuerda mucho a un negro mujeriego que vivía en Mississippi.
-Y seguro que también lo conociste.
-Ya vas entendiendo…
-Me parece que quien se confunde, sos vos. Yo vine aquí a tocar y a escribir en paz. Lejos de las luces y de todo. Además, una mujer ya se te adelantó y no vas a conseguir nada de mí.
-Contigo, ya van tres esta semana… Este pinche pueblo está lleno de forasteros y autostopistas poco pretenciosos… ¿Estás seguro que no quieres que afine tu…
-Todos en este lugar están de paso. Aunque muchos prefieren no enterarse. ¿O por qué crees que se llama San Cristóbal?
-¿San Cristóbal? ¿Qué esto no es La Encrucijada?
-No, primo, eso queda algo lejos de aquí.
-¿Y cómo llego allá?
-Tenés que irte a Ocosingo y de ahí jalar para Tapachula, vas a pasar Escuintla y tomar rumbo a Acapetagua…
-Creo que mejor empiezo a caminar…Gracias por la guía y si cambias de opinión, basta con que te pongas a tocar a la media noche una…
-Ya lo sé. Gracias de todos modos.
El viejo se retira con los pasos de quien lleva siglos recorriendo los caminos y él, observando aquella silueta larga y cansada perdiéndose en la negrura, piensa:
-Hay cada pobre infeliz en este mundo.

martes, 16 de diciembre de 2008

Sobre los supuestos derechos de autor

"Sólo podemos dar aquello que ya es de otro"
J. L. Borges


Cultura.

(Del lat. cultūra).
1. f. Cultivo.
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
4. f. ant. Culto religioso.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


El ser humano es un animalito que necesita vivir en sociedad y así lo hace.
De la comunicación y la interacción con sus semejantes y consigo mismo, nacen las normas, los valores y las experiencias a las que se les denomina "Cultura".
Esa transmisión permanente de Cultura desencadena el proceso de interpretación, apropiación y creación de lo que llamamos Conocimiento.
Es decir, que todo tipo de conocimiento es siempre producto de la cultura en la que se desarrolla; y la cultura a su vez, es producto de la manera en que interactúan los individuos de una misma comunidad.
Las grandes teorías científicas, estéticas o filosóficas no nacen del genio de ciertos hombres per se; sino más bien, es el genio el que permite a ciertos hombres intuir de un modo particular las experiencias y conocimientos “flotantes” de su época; marcando, muchas veces, el rumbo que después otros tomarán.
Así podemos ligar a Freud con el Psicoanálisis, a Schoenberg con el Dodecafonismo y a Bretón con el Surrealismo -por citar sólo algunos ejemplos- afirmándolos como creadores, cuando en realidad, sólo habría que reconocerles la capacidad de síntesis y la intuición mostradas al momento de exponer sus ideas.
Cualquier producto resultante de la inteligencia humana, es pues, propiedad común del ser humano. Ya sea que hablemos de poemas, novelas, ensayos, piezas musicales, grabaciones en video, marcas comerciales, publicaciones gráficas, software, etc.
Aquí vamos a referirnos principalmente a lo musical por dos sencillas razones: por ser pan de cada día de éste quien escribe y sobre todo, porque la música es la responsable más directa del asunto que aquí nos compete.
El atractivo de compartir archivos musicales fue el crack del crecimiento de la Internet. Impulsó la demanda para accesos más poderosos a Internet mucho más que cualquier otra aplicación. Sin duda fue la aplicación que impulsó la demanda de ancho de banda. También puede que sea la aplicación que impulse la demanda de regulaciones que, al final, acaben matando la innovación en la Red.

Volviendo la vista

Existen casos aislados de autores como Marco Vitruvio que ya en el año 25 a.c. se ocupaba del tema de la propiedad intelectual en su Libro Séptimo de Architectura, diciendo:

“Ahora bien, así como hay que tributar merecidas alabanzas a éstos, incurren en nuestra severa condenación aquellos que, robando los escritos a los demás, los hacen pasar como propios. Y de la misma manera, los que no sólo utilizan los verdaderos pensamientos de los escritores, sino que se vanaglorian de violarlos, merecen reprensión, incluso un severo castigo como personas que han vivido de una manera impía".

Sin embargo, no es hasta tiempo después de la aparición de la imprenta, que aparece la posibilidad de proteger no sólo un objeto como propiedad intelectual, sino sus múltiples reproducciones como fuentes de la misma.
Así pues, el Estado comenzó a controlar las producciones con un doble fin: proteger a quienes invertían –no tanto a los creadores- en la difusión de obras y controlar esta nueva fuente de “oposición al poder”. Bien sabido es que nada revolucionó tanto el pensamiento humano, como la aparición de la palabra impresa.
Así, en 1710 se otorga la primera protección formal al derecho de autor a través del estatuto de la Reina Ana de Inglaterra, que crea el derecho exclusivo a imprimir. En España, la primera ley data de 1762 y en Francia, es hasta 1791 cuando se suprimen los privilegios de los impresores y surge el derecho a favor de los creadores.
Estos datos cobran especial relevancia, desde mi punto de vista, si recordamos el ejemplo de Leonardo Da Vinci.
El famoso inventor, arquitecto, pintor, escultor, músico e ingeniero florentino, sin duda una de las mentes más brillantes que la humanidad ha conocido, murió en el año 1519 y jamás tuvo que preocuparse en vida de proteger su extensa e influyente obra de posibles atracos.
En nuestra tradición, la propiedad intelectual es un instrumento. Crea la base para una sociedad ricamente creativa pero se queda en una posición subordinada con respeto al valor de la creatividad. El debate actual ha puesto esto del revés. Hemos llegado a preocuparnos tanto con proteger el instrumento que hemos perdido de vista el valor que promovía.
Así es común que la escena musical mundial esté repleta de artistas con poco talento creativo y tengan al mismo tiempo una aceptación general por parte del público.
Es normal hoy en día, enterarse de que algún nuevo cantante pop inventó un montón de canciones aburridas y poco artísticas –desde el punto de vista creativo- con las cuales consigue hacerse de una importante remuneración económica.
Con esto podemos afirmar, entonces, que la llamada piratería no es otra cosa que el hijo no reconocido del capitalismo en su estado más salvaje.
Sólo así se explica que un personaje como Leonardo jamás fuese “pirateado” en vida y pese a lo trascendental de su obra jamás tuviera que preocuparse al respecto; y que la estrellita fugaz de turno -llámese Ricky Marti o cualquiera de su tipo- tenga siempre que preocuparse de no ser pirateado. Y no por el talento que dicho “artista” pueda tener, pero por las ganancias que percibe de su obra.
El derecho de autor tuvo en sus orígenes un caracter material y territorial y sólo se reconocía dentro del territorio nacional pues al referirse a obras literarias el idioma suponía una barrera. Sin embargo, tomando en cuenta la universalidad de las obras del espíritu cuya explotación traspasa las fronteras físicas, se vio la necesidad de proteger el intercambio cultural de modo que se preservase tanto los derechos morales como patrimoniales del autor.
Así, en 1886, se formalizó una reunión de intelectuales con el fin de crear un instrumento legal para proteger las obras literarias y artísticas. El Convenio de Berna (9 de septiembre de 1886), es el punto de partida y a lo largo de más de un siglo, ha contado con otras reuniones igualmente importantes como la Convención Universal y el Convenio de Roma -por citar algunas- para sentar bases de protección para los creativos intelectuales.

Mr. Disney

En 1928 nació un personaje de dibujos animados, al que con el tiempo se le conocería como Mickey Mouse.
Un año después de aparecer la primera cinta sonora, la inolvidable “El cantor de jazz”, nuestro ratoncito hace su aparición en su primera cinta sonora titulada Steamboat Willie.
En dicha cinta, Walt Disney copiaría la técnica utilizada en El cantor de jazz y mezclaría el sonido con los dibujos animados. Disney no estaba seguro si funcionaría y sería bien recibida por el público, pero la historia posterior demuestra que vaya si le funcionó.
Dejemos que sea el mismo Walt quien nos cuente lo ocurrido en aquel verano del 28:

“Dos de mis muchachos sabían leer música y uno de ellos tocaba el órgano.
Los pusimos en una habitación en la que no podían ver la pantalla y lo arreglamos todo para llevar el sonido a la habitación en la que nuestras esposas y amigos iban a ver la película.
Los muchachos trabajaban a partir de una partitura con música y efectos sonoros. Después de varias salidas en falso, el sonido y la acción echaron a correr juntos. El organista tocaba la melodía, el resto de nosotros en el departamento de sonido golpeábamos cacerolas y soplábamos silbatos. La sincronización era muy buena.
El efecto en nuestro pequeño público fue más que electrizante.
Respondieron casi instintivamente a esta unión de sonido y animación. Pensé que se estaban burlando de mí, de manera que me senté entre el público y lo hicimos todo otra vez. ¡Era terrible, pero era maravilloso! ¡Y era algo nuevo!”


Disney había creado algo muy nuevo, basándose en algo relativamente nuevo. El sonido sincronizado dio vida a una forma de creatividad que raramente había sido –excepto en manos de Walt- algo más que un relleno para otras cintas. Durante toda la historia temprana de la animación, fue la invención de Disney la que marcó la pauta que otros se esforzaron por seguir. Y bastante a menudo el gran genio de Walt Disney, su chispa de creatividad, se basó en el trabajo de otros.
Ese mismo año, el genial cómico Buster Keaton creó Steamboat Bill Jr, su última cinta muda producida de forma independiente.
Ésta cinta apareció poco antes de Steamboat Willie de Disney, la coincidencia de títulos no es casual. Steamboat Willie es una parodia directa en dibujos animados de Steamboat Bill Jr y ambas tienen como fuente una misma canción: "Steamboat Bill".
Es decir que Mickey Mouse tuvo su origen a partir de Steamboat Willie, la cual a su vez, tuvo origen en Steamboat Bill Jr de Keaton.
Éste “préstamo” no era algo único, ni para Disney ni para la industria. Walt estaba siempre repitiendo como loro los largometrajes para el gran público de su tiempo. Lo mismo hacían muchos otros.
Los primeros dibujos animados están plagados de obras derivadas, ligeras variaciones de los temas populares, historias antiguas narradas de nuevo. La clave para el éxito era la brillantez de las diferencias.
Con Disney, fue el sonido lo que le dio chispa a sus animaciones. Más tarde, fue la calidad de su trabajo en comparación con los dibujos animados producidos en masa con los que competía. Sin embargo, estos añadidos fueron creados sobre una base que había tomado prestada. Disney añadió cosas al trabajo de otros antes que él, creando algo nuevo a partir de algo que era apenas viejo.
Pienso en los cuentos de los hermanos Grimm a los que Disney se acercó asiduamente.
Actualmente y en gran medida gracias al trabajo de Walt Disney se ve en los cuentos de hadas, historias dulces y felices, apropiadas para cualquier niño a la hora de acostarse. En realidad, estos cuentos resultan batante siniestros. Solamente unos cuantos padres pasados de ambición se atreven a leerle a sus hijos, esas historias llenas de sangre y moralina.
Solamente unos padres iletrados e indiferentes son capaces de construir en el imaginario personal de sus hijos, ideas sobre hadas que mágicamente resuelven conflictos, bellas damiselas que esperan la llegada de su príncipe azul, quien vendrá a rescatarlas de todos sus males para llevarlas a vivir felices por siempre.
El ejemplo más contundente a este respecto, es lo que yo llamo (sin derechos de autor) el “Complejo de Princesa”.
Mujeres de cierta idiosincrasia y/o posición social, en esa edad en la que son “elegibles” y que descuidan la autonomía, la preparación y realización personales, añorando encontrar a un hombre que les resuelva la vida. Entendiendo “resolver” en el más estricto sentido posmoderno: económicamente hablando.
La lista de las obras que Disney creó a partir de otros es muy extensa, pero en todos los casos, Disney tomó creatividad de la cultura en torno suyo, mezcló esa creatividad con su propio talento extraordinario y luego copió esa mezcla en el alma de su cultura. Toma, mezcla y copia.
Esto es un tipo de creatividad. Es una creatividad que deberíamos recordar y celebrar. Hay quien dice que no existe creatividad alguna excepto ésta.
Consideremos, por ejemplo, una forma de creatividad que les resulta extraña a muchos grupos culturales pero que es imposible de evitar en la cultura japonesa: el manga o los comics. Los japoneses son fanáticos de los comics, forman parte de su cotidianeidad. Del total de publicaciones gráficas registradas anualmente en el Japón, el 40 % son comics y el 30% total de los ingresos por publicación, provienen de ellos.
Existe también en Japón, un tipo de comic denominado doujinshi.
Los doujinshi son un tipo de imitaciones de comics y una rica ética gobierna la creación de éstos. No es un doujinshi si sólo es una copia; el artista tiene que contribuir de alguna forma al arte que está copiando, transformándolo de un modo sutil o significativo; ya sea modificando los escenarios o a los protagonistas.
Existe en Japón un gran mercado para estas creaciones, el cual florece al amparo de la ilegalidad. Lo desconcertante es el hecho de que se permita la existencia de los doujinshi.
Sin embargo, éste mercado ilegal existe y, de hecho, florece en Japón, y en opinión de muchos, el manga florece precisamente porque existe. Tal y como le dijo Judd Winick, creadora de novelas gráficas estadounidenses a Lawrence Lessig, autor del libro “Free Culture” mismo que dio origen a la columna vertebral de éste ensayo y el cual fue publicado bajo una licencia de Creative Commons:

“Los primeros días del comic en los EEUU eran muy parecidos a lo que ocurre hoy en Japón. […] Los comics estadounidenses nacieron al copiarse los unos de los otros. […] Así era como [los artistas] aprendían a dibujar: yendo a los libros de comics y no calcándolos, sino mirándolos y copiándolos” y basándose en ellos.
Walt Disney sabía mucho al respecto. Eso forma parte de su genialidad y me atrevo a decir que de su originalidad también.

Los izquierdos de autor

Vivimos en un mundo que celebra la “propiedad”. Yo también soy de los que la celebra, como creador y como individuo. Yo también creo en el valor de la propiedad en general y creo también en esa forma rara de propiedad que los abogados llaman “propiedad intelectual”.
Una sociedad grande y diversa no puede sobrevivir sin propiedad; una sociedad grande, diversa y moderna no puede florecer sin propiedad intelectual.
Pero sólo hace falta un segundo de reflexión para darse cuenta que hay un montón de valor en las cosas de ahí afuera que la idea de “propiedad” no abarca. No quiero decir “que el dinero no te puede comprar amor” que dirían los Beatles, sino más bien, al valor que es sencillamente parte de un proceso de producción, incluyendo la producción comercial y la no comercial.
Así, las cosas que cualquiera toma cuando practica la creatividad estilo Disney, tienen valor y nuestra tradición no ve esto como algo malo. Algunas cosas siempre permanecen libres para que cualquiera las tome dentro de una cultura libre.
Sería sumamente engorroso, como compositor, si uno tuviera que pagar por practicar el solfeo, la armonía o el contrapunto. Es decir, que pese a que todo el conjunto de notaciones musicales, escalas, acordes y demás fue inventado por otros antes que uno, a nadie se le ocurre que un creador tenga que pagar por utilizar el pentagrama o cualquiera de las llaves con las que un músico trabaja al momento de escribir una sinfonía, por ejemplo.
Si esto funcionara así, es muy probable que el mundo se hubiera visto privado de muchas de las grandes obras artísticas debido a que comúnmente los creadores no disponen de los medios necesarios, ni siquiera para subsistir.
Internet vino a derrumbar un montón de usos y costumbres.
Hoy en día, un músico –como nunca antes en la historia humana- es capaz de autogestionar su trabajo sin recurrir a terceros y aun así llegar a un número mucho más grande de personas, lo que nos deja de nuevo de frente al dilema de seguir vendiendo la cultura o regresarla al grupo de donde salió.
Actualmente es muy popular la idea de reservar los derechos de una manera que permita al autor recibir una remuneración por su trabajo pero al mismo tiempo permitirle a otros hacer uso de su obra y así enriquecer la cultura en la que todos estamos inmersos.
Creative Commons, Coloriuris, GPL , las llamadas licencias Copyleft, son sólo algunas de las opciones reales con las que ahora cuenta cualquiera que desee promover su obra permitiendo que otros hagan uso –comercial o no- de la misma, así como también poder utilizar la obra de otros al momento de crear.
En lo personal, me resulta no sólo una buena alternativa para burlar el totalitario Copyright, sino que creo firmemente que este tipo de licencias son el futuro de aquellos a los que nos interesa ofrecer y recibir cultura, pero sobre todo, hacer que la cultura “fluya”, enriqueciendo así, a todos quienes somos parte de ella.

La industria NO es la música

No señor, no lo es.
Es muy fácil olvidar que la industria es relativamente nueva en la historia humana y que la música ha sido la música desde que el hombre es el hombre.
Veamos un caso hipotético:
Un músico crea un montón de canciones y aunque puede optar por conservarlas para sí mismo, decide compartirlas con otras personas.
Algunas de esas personas las encuentran admirables y disfrutables, así que piden al autor una copia de las mismas para su deleite individual. Éste puede optar por regalarlas, o venderles a los otros la oportunidad de escucharlas y así obtener una buena o mala remuneración por su trabajo. Imaginemos que muy pronto la obra se vuelve popular y el autor quiere dar a conocerla a un mayor número de personas pero no cuenta con los medios para tal fin, así que recurre a alguien que sí los tiene, pactando una parte del porcentaje de las ganancias.
Al paso del tiempo, el intermediario -que no tuvo nada que ver con el acto creador- se da cuenta del buen negocio que se le ha presentado y con lo que ganó, comienza a auspiciar a más artistas y les exige cada vez más obras. Algunos creadores desistirán por considerar que su trabajo es más importante que las ganancias y algunos otros mantendrán ese pacto, considerando la oportunidad de obtener una mayor remuneración económica a cambio, muchas veces, de apartar su creación –al menos en parte – de su intención original.
El problema llega el día en que el intermediario descubre que tiene en sus manos el poder de redireccionar las obras de aquellos a quienes auspicia, hacia donde él lo desee. Es decir, se apropia del mercado y entonces el arte corre el riego de convertirse en simple mercancía de consumo. Una cosa es entretener y otra muy distinta es expresar algo. Ambas bien pueden ir de la mano, pero bien sabido es que difícilmente funciona así.
Eso ha pasado desde hace algunas décadas y el resultado evidente es el actual estado de las cosas.
Infinidad de productos culturales vendidos como “mercancías” que sólo actúan en detrimento de la cultura popular, paradigmas culturales demasiado precarios, sociedades enajenadas y cada vez más incapaces del deleite estético real, individuos aislados y/o alienados. En general, grupos sociales cada vez menos “cultos”.
Éste seguiría siendo el tenor de las cosas, de no ser por la llegada de la Internet.
En general, quienes se muestran más reticentes al concepto de “cultura libre” no son los creadores sino los empresarios de la música. Gente que vería minado seriamente el caudal de sus ingresos, si la cultura se aceptara como lo que es: propiedad de todos y de nadie.
La industria está condenada a desaparecer. Ellos lo saben mejor que nadie y hacen grandes esfuerzos por adoctrinar a sus consumidores en el hecho de defender la “originalidad” de sus productos.
Un ejemplo muy claro es lo que sucedió cuando el CD desplazó al acetato o LP.
Fabricar CDs es mucho más barato que fabricar LPs y pese a esto, cuando las compañías disqueras introdujeron el formato CD, los precios para el consumidor no sólo no se redujeron, sino que por el contrario, aumentaron considerablemente.
Yo pienso que lo mejor que le podría pasar a la música sería precisamente quedarse sin industria. Los tiempos, en efecto, han cambiado.
Crear una pieza musical cuesta trabajo, y muchas veces, mucho trabajo. Pero sólo cuesta trabajo una vez.
Entonces, si yo creo una obra cualquiera, quiero que se me recompense por mi trabajo, de acuerdo al valor del mismo –que no corresponde al artista asignar- pero que se me recompense una vez y ya.
Sinceramente –y lo digo como creador- no entiendo por qué hay que pagarle a un creador por cada vez que su obra es reproducida -por él o por terceros- si nada de trabajo le cuestan esas ejecuciones.
Este tipo de principios son los que hicieron de la industria, un monopolio controlador. Peor para los que están en medio de eso.
El caso de la pintura nos sirve de ejemplo para esto.
De modo sucinto, el registro de derechos sobre un cuadro funciona así:
El pintor crea el cuadro y lo vende como puede, donde puede y al precio que puede. Si es un autor reconocido, ya lleva ventaja.
Después el comprador de dicho cuadro pasa a ser el propietario del mismo, y puede venderlo en lo que desee, sin tener que darle al autor un solo centavo por eso, siempre y cuando, eso sí, respete la autoría del pintor y haga mención de la misma cada que haga dinero exponiendo el cuadro en salas o revendiéndolo.
Vincent Van Gogh vendió un solo cuadro en vida. Y en realidad no él sino su hermano Theo. Hoy en día los cuadros de Van Gogh se encuentran entre los más cotizados en el mundo entero.
Como la mayoría de los genios, Vincent padeció el no ser comprendido por sus contemporáneos y sin embargo, las circunstancias en las que ejerció su oficio, hicieron que Van Gogh nos regalara siempre un arte genuino, honesto y humano.
Hace falta una regularización exhaustiva sobre la manera en la que compartimos nuestra cultura, empezando por Internet.
Mientras eso pasa, nos queda seguir creando y seguir siendo creados por nuestra cultura, que al final es el reflejo exacto de lo que somos.