domingo, 7 de marzo de 2010

Mendigos de Fuego (Primera parte)

"...Pero como dijo Dios, cruzándose de piernas: veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía."
C. Bukowski


Prefiero la poesía colgada en el ropero, llenándose de moho en la terraza, orgasmo acompasado del grifo, dejándose hurgar la falda mientras lava la lava de los edredones y los lugares comunes del desayuno, entre tus (dos bellísimos paréntesis) pechos, o subiendo la escalera en fa menor de los porros que me humo; a pliegos petulantes laudes pétreos, pedosaromososmuylossuyosmr.Poeta, obnubilar del tarrito de tinta, sobar de letras procurando chispas, hijoepoetez contertuliana, clap clap clap el gusto es tuyo...

miércoles, 27 de enero de 2010

Días y Lobos

Prefiero salir a caminar un rato
colmarme de abedules la garganta y vociferar todos los tonos
el lobo de este cuento está cansado
cansado de los huesos apilados y de...

Mejor un paseo por el bosque, a riesgo de extravío.

martes, 17 de noviembre de 2009

Milonga para días maulas

Chamuyando con mi sombra
vuelvo al caño, derrotao
solo, sábalo y piantao
hasta el culo de ferné
cada bache es una hoyanca
cada paso, una gambeta
da lo mismo que vomite
en la acera o la chaqueta
si todo me sabe a Branca
mezcladito con mi fe.

La pebeta se pasea
de la mano de un obeso
que le banca los excesos
de su eterno jarangón
mientras cruzan mi garganta
estos ripios milongueros
y el recuerdo acamalado
del amor tan embustero
que tirara a la marchanta
mi enlodado corazón.

Nada queda, salvo el frío
escociéndome los labios
su pañuelo y el resabio
impregnado en el gotán
que no te sobren excusas
si de garpar, es momento
vale más, otario en mano
que linyera al firmamento
que te dure lo papusa
y no aburras al bacán.

lunes, 19 de octubre de 2009

El pueblo de Franz

Franz Liszt siempre fue un pueblo de hombres.
En él coexistieron el diligente profeso, el virtuoso precoz, el mujeriego, el vagabundo, el colector de excesos y una infinidad de personajes tan ajenos y dispares como la misma obra de Franz.
Sólo quien padece en carne propia la experiencia de estar habitado por muchos hombres, entiende el conflicto que el compositor vivía.
No era el virtuoso quien se encargaba de contratar damas –quiero decir groupies de alcurnia- para que desmayasen en el momento más álgido de sus presentaciones, algo que ni a Michael Jackson ni a Mick Jagger se les hubiera ocurrido nunca; no era el vagabundo quien decidió recibir las órdenes sacerdotales, no fue el mujeriego quien permitió que su chunquita se casara con el misógino de Wagner y por supuesto, no fue el acaudalado compositor quien decidió abandonar la vida de rockstar ni bien cumplida la cuarentena.
Nadie puede asegurar qué Franz fue el responsable de la decisión de abandonar la vida del brillo social, los homenajes y las fiestas, el dinero y la fama a las que desde niño estuvo acostumbrado, a cambio de llevar una vida espiritual noble y profunda, aunque aderezada siempre por ese profeso amor por la mujer, expresado en mil excesos e interminables cadenas de escándalos sexuales y algo de diabólico humor.
Nadie puede explicar cómo se vive una pasión creativa que obliga a recluirse para meditar y componer, pero al mismo tiempo, se debate siempre contra ese impulso errante que obliga a viajar constantemente y escuchar músicas folklóricas húngaras y gitanas –pongamos por caso- para satisfacer algún instinto nómada.
A Franz suele reconocérsele la invención del poema sinfónico y el recital moderno y la moderna técnica pianística y otras tantas modernas chucherías; pero quién aplaude esa lucha de la voluntad, ese eterno mediar entre los humores, ese mandarlo todo y a todos al carajo (virtuosismo included) para acallar, al menos un poco, de menos un rato, el pueblo de voces en que habita la voluntad creativa.
Sólo quien lo vive, puede saberlo. Ya te lo digo, querido, hipócrita lector, piltrafa de escucha.